CUENTO DE AGOSTO

DISLEXIA
de Eugenia Manzanera

A la niña le costaba entender las palabras, pero ella lo comprendía todo. Decían que tenía dislexia, aunque no era seguro, porque no estaba pronosticada a ciencia cierta, vamos, que la ciencia ciertamente no sabía.
Por ejemplo, cuando en la calle preguntaba a alguien por una dirección, nunca conseguía prestar atención a la respuesta. Se quedaba absorta descifrando los gestos de la persona a la que había demandado la situación de un emplazamiento al que nunca llegaría con la explicación, pues a ella las palabras le resbalaban en el cerebro.
Pero con su don, paladeaba los gestos, la mirada, los silencios, el estar… Descubría los secretos de la gente, sus miserias, sus anhelos. Tanta información dolía a veces y otras era pura poesía.

-Con la poesía tal vez nunca se encuentre la calle a la primera, pero se recorre mejor el camino -pensaba ella mientras abría un chupa-chups con sabor “Sunrise”.

Eugenia Manzanera inunda su entorno de fantasía, de cristales rosas y verdes, de optimismo. Si un día amanece nublado, la llaman para que se pasee un rato y la cosa se arregla.

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